domingo 30 de septiembre de 2007

El viaje de Baldassare


...El jeque Abdel-Bassit tenía razón ¿para qué recorrer el mundo si sólo voy a contemplar lo que ya está dentro de mí?
(...)
...El único lugar en el que sentí alivio fue entre los libreros que abren sus tiendas en las cercanías del cementerio de San Pablo. Con ellos ya no era yo un extranjero, ya no era un "papista", era un cofrade y un cliente....

AAMIN MAALOUF
("Puerto de mar", Jan Peeters, S. XVII, 70x86 cm, -Museo del Prado-)

lunes 24 de septiembre de 2007

O fio das missangas



«…É de noite e falta-me um quase para estar sozinha no quarto. Ou, no rigor: o quarto está sozinho comigo. Nesta mesma cama sonhei tantas vezes que o meu amor vinha pela rua, eu escutava os seus passos, cheia de ânsia. E antes que ele chegasse, corria a fechar a porta. Fosse esse gesto, o de trancar a fechadura, o meu único valimento. Eu fechava a porta para que, depois, o simples abrir dos trincos tivesse o brilho de um milagre. Para que ele, mais uma vez, se casasse comigo. E o mundo se abrisse, casa, cama e sonho.
Durante anos, porém, os passos de meu marido ecoaram como a mais sombria ameaça. Eu queria fechar a porta mas era por pânico. Meu homem chegava do bar mais sequioso do que quando fora. Cumpria o fel de seu querer: me vergastava com socos e chutos. No final, quem chorava era ele para que eu sentisse pena das suas mágoas. Eu era culpada das suas culpas. Com o tempo,ja n
ão me custavam as dores...Venâncio estava na violência como quem não sai do seu idioma, eu estava no pranto como quem segura a sua própria raiz. Chorando sem direito a soluços; rindo sem acesso a gargalhada. O cao se habitua ca comer sobras. Como eu me habituei a restos de vida.
A semana passado foi quando o rasg
ão se deu. Venâncio ficou furioso quando descobriu, em estilhaços,a emoldurada fotografia na nossa sala. Era um retrato antigo, parecia estar ali mesmo antes de haver parede. Nele figurava Venâncio, ainda magro e moço, posando na nossa varanda. Pelo olhar se via que sempre fora dono e patrão. Surjo atrás, desfocada, esquecida. Sem pertença nem presença.
Ao ver a moldura quebrada e os vidros ainda espalhados pelo ch
ão, Venâncio me golpeou com inusitada força, pontapés cruzaram o escuro do quarto entre gritos meus: -Na barriga não, na barriga não!.
Despois, quando ele amainou, interrompi-lhe o choro e me soaram serenas e doces as palavras: - Vê o sangue, Venâncio? Eu estava grávida...
- Grâvida, você?! Com uma idade dessas!??

Arrumei umas poucas roupas e fui, a pé, para o posto de socorro. Era manhà, fazia chuva e caia o sol. Algures, por um aí, deveria fantasiar um arco-íris. Mais eu estava cega para fantasias. Meu filho, esse primeiro que haveria de nascer, estava morto dentro de mim.(...)
Desmaiado, me espreitaram os dentros: gravidez n
ão havia. Mais uma vez era falsa esperança. Esse vazio de mim, essa poeira de fonte seca, o não poder dar descendência a Venâncio, isso doia mais que perder um filho. Eu estava mais estilhaçáda que o retrato da sala. (...)
Venâncio n
ão foi visitar-me ao hospital. O que eu fizera, ao dirigir-me por meu pé ao hospital, foi uma ofensa sem perdão. Até ali eu fechara as minhas feridas no escuro íntimo do lar. Que é onde a mulher deve cicatrizar. Mas, desta vez, eu ousara fazer de Cristo, exibir a cruz e a chaga pelas vistas alheias.
Ao regressar a casa, faço contas às dores. Por certo, Venâncio me espera para me fazer pagar. Por isso, me demoro na varanda como se esperasse um sinal para entrar. E ali permaneço calada, como fazem as mulheres ...
Quando entro em casa, os estilhaços do retrato rebrilham no ch
ão da sala. O fotografado olhar de Venâncio pousa sobre mim, assegurando os seus direitos de propietário. Distraída, a minha mão recolhe um vidro. Na cama de casal, meu marido está enroscado, em fundo sono. Deito-me a seu lado e revejo a minha vida. Se errei, foi Deus que pecou em mim. Eu semeei, sim, mas para decepar. Se recolhi os grãos, foi para os deitar no moinho. Há quem chame isto de amor. Eu chamo a cruel dança do tempo. Nessa dança, quem bate o tambor é a mão da morte.
Liç
ão que aprendi: a Vida é tão cheia de luz, que olhar é demasiado e ver é pouco. É por isso que fecham os olhos aos mortos. E é o que faço ao meu marido. Lhe fecho os olhos, agora que o seu sangue se espalha, avermelhando os lençois.

Es de noche y me falta un “casi” para estar sola en el cuarto. O, en rigor, el cuarto está solo conmigo. En esta misma cama soñé tantas veces que mi amor venía por la calle, escuchaba sus pasos llena de ansia. Y antes de que él llegase, corría a cerrar la puerta. Era ese gesto -el de cerrar la cerrradura – mi único valedor. Cerraba la puerta para que después, el simple abrir de los postigos tuviese el brillo de un milagro. Para que él, una vez más, se casara conmigo. Y el mundo se abriera, casa, mesa y sueño.

Durante años, sin embargo, los pasos de mi marido sonaban como la más sombría amenaza. Quería cerrar la puerta pero era por pánico. Mi hombre llegaba del bar más sediento que cuando se fue. Cumplía la hiel de su amor: me golpeaba con puños y patadas. Al final, quien lloraba era él para que yo tuviese pena de sus lágrimas. Era culpada por sus culpas. Con el tiempo, ya no me costaba el dolor…Venancio vivía en la violencia como quien no sale de su idioma, yo vivía en el llanto como quien se agarra a su propia raíz. Llorando sin derecho a sollozos; riendo sin acceso a carcajadas. El perro se acostumbra a comer sobras. Como yo me habitué a vivir restos de vida.

La semana pasada pasó. Venancio se puso furioso cuando descubrió en astillas, la fotografía enmarcada de nuestro salón. Era un retrato antiguo, parecía estar allí mismo antes de que hubiera pared. En él estaba Venancio, aún delgado y joven, posando en el porche. Por la mirada se veía que siempre había sido dueño y señor. Yo atrás, desenfocada, olvidada. Sin pertenencia ni presencia.

Al ver el marco roto y los cristales aún tirados por el sueño, Venancio me golpeó con inusitada fuerza, los puntapiés cruzaron lo oscuro del cuarto entre mis gritos: - En la barriga no, en la barriga no!!.
Después, cuando se calmó, le interrumpí el llanto y me salieron serenas y dulces las palabras: ¿Ves la sangre, Venancio?. Estaba embarazada...
- ¿Embarazada, tú? ¿Con esta edad?.

Tomé algo de ropa y fue, a pié, para el puesto de socorro. Era por la mañana, llovía y caía el sol. En algún lugar , por ahí, debería fantasear un arco iris. Pero yo estaba ciega para fantasías. Mi hijo, el primero que había de nacer, estaba muerto dentro de mí...

Desmayada, me miraron por dentro: no había embarazo. Otra vez más era falsa esperanza. Ese vacío, ese polvo de fuente seca, el no poder dar descendencia a Venancio, eso dolía más que perder un hijo. Yo estaba más astillada que el retrato del salón.(...)

Venancio no fue a visitarme al hospital. Lo que yo había hecho, al dirigirme por mi pie al hospital, fue una ofensa sin perdón. Hasta entonces había cerrado mis heridas en la oscuridad íntima del hogar. Que es donde la mujer debe cicatrizar. Pero, esta vez, había osado hacer de Cristo, exhibir la cruz y la llaga ante las miradas ajenas.

Al regresar a casa, cuento los dolores. Seguro que Venancio me espera para hacerme pagar. Por eso me demoro en el porche como si esperase una señal para entrar. Y allí permanezco callada, como hacen las mujeres...
Cuando entro en casa, los trozos del retrato brillan en el suelo de la sala. El fotografiado mirar de Venancio se posa sobre mí, asegurando sus derechos de propietario. Distraída, mi mano recoge un vidrio. En la cama de matrimonio mi marido está enroscado, en un profundo sueño. Me acuesto a su lado y reveo mi vida. Si me equivoqué, fue Dios que pecó en mí. Yo sembré, sí, pero para destruir. Si recogí los granos ,fue para echarlos al molino. Hay quien llama a esto amor. Yo lo llamo la cruel danza del tiempo. En esa danza, quien toca el tambor es la mano de la muerte.

Lección aprendida: la Vida está tan llena de luz , que mirar es demasiado y ver es poco. Es por eso que cierran los ojos a los muertos. Y es lo que hago a mi marido. Le cierro los ojos, ahora que su sangre se extiende, enrojeciendo las sábanas.


MIA COUTO, relato "O Olhar dos Mortos"
("Perturbaçao na floresta", Valente Malangatana, 1987 )

domingo 23 de septiembre de 2007

El puente de San Luis Rey


..mas el amor habrá bastado; y todos los impulsos de amor retornan al amor de donde vinieron. Ni siquiera el recuerdo es necesario para el amor. Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos, y el puente que los une es el amor, lo único que sobrevive, lo único que tiene sentido.


THORNTON WILDER
("Love song by the new moon", Paul Klee, 1939 -Fundación Klee Berna)

jueves 20 de septiembre de 2007

Las estaciones humanas


Four Seasons fill the Measure of the year;
Four Seasons are there in the mind of Man.
He hath his lusty spring when fancy clear
Takes in all beauty with an easy span:
He hath his Summer, when luxuriously
He chews the honied cud of fair spring thoughts,
Till, in his Soul dissolv'd they come to be
Part of himself. He hath his Autumn ports
And Havens of repose, when his tired wings
Are folded up, and he content to look
On Mists in idleness: to let fair things
Pass by unheeded as a threshhold brook.
He hath his Winter too of pale Misfeature,
Or else he would forget his mortal nature.


(Cuatro estaciones colman la dimensión del año;
cuatro estaciones obran en la mente del hombre:
su intensa primavera, cuando la fantasía
recoge en su amplio seno todo lo que es belleza;
su verano, en que gusta rumiar plácidamente
ideas juveniles como alimento dulce
de primavera, y estos ensueños le aproximan
lo más cerca del cielo; tranquilas ensenadas
tienen el alma en su otoño, cuando, desocupado,
cierra el hombre sus alas, contento ante la vista
de las brumas, y deja pasar inadvertidas
las cosas bellas como cuando fluye un arroyo
junto a su puerta. Y tiene su invierno deformado,
pues su naturaleza mortal así lo exige.)


JOHN KEATS
("Otoño", Camille Pisarro, 1876)

lunes 17 de septiembre de 2007

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto : cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan - no lo saben, lo terrible es que no lo saben -, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


JULIO CORTÁZAR (de"Historias de Cronopios y de Famas")
("Relojes blandos en el momento de su primera explosión", Salvador Dalí, 1954)

viernes 14 de septiembre de 2007

Brooklyn Follies


...Intenta encajar los golpes. Lleva la cabeza alta. Que no te tomen el pelo. Vota a los demócratas en todas las elecciones. Pasea en bici por el parque. Sueña con mi cuerpo inigualable y perfecto. Toma vitaminas. Bebe ocho vasos de agua al día. Apoya a los Mets. Ve mucho al cine. No te mates a trabajar. Haz un viaje conmigo a París. Ven al hospital cuando Rachel tenga el niño, coge en brazos a mi nieto. Cepíllate los dientes después de cada comida. No cruces la calle con el semáforo en rojo. Defiende al débil. Hazte valer. Recuerda lo hermosa que eres. Acuérdate de lo mucho que te quiero. Bebe un whisky con hielo todos los días. Respira profundamente. Mantén los ojos abiertos. No comas grasas. Sueña el sueño de los justos. Recuerda cuánto te quiero.


PAUL AUSTER

("Holland Hotel", Richard Estes, 1984. -Louis K. Meisel Gallery New York-

martes 11 de septiembre de 2007

La curiosidad es la madre de la sabiduría


Pues desde Anikaa en la biblioteca nos han dado, en compañía de otros esta honorífica mención, algo así como un aplausito de unos bitacoreros a otros. Como con su dotación en metálico no me voy a hacer de oro, paso humildemente a cumplir las condiciones del premio, y recomendar cinco blogs que me hagan pensar. Bueno, realmente voy a recomendar cinco blogs que me gusten, porque pensar me hace pensar cualquier cosa:

Gracias, Anikaa.

miércoles 5 de septiembre de 2007

Juegos de la edad tardía


Antes de cualquier reflexión,abrió una caja de galletas surtidas y, una a una, se comió el primer piso. Con la boca todavía llena, desgarró el celofan de una botella de coñac, dio un largo trago, se limpió con la manga y eructó. Al fondo, el fantasma de la ciudad se perfilaba apenas entre las brumas del crepúsculo. No, él no podría ser nunca un hombre ejemplar. Entre otras cosas porque el mundo estaba mal hecho. Una enorme chapuza, eso es lo que era el mundo. Y los dioses, unos aficionados, pensó con el orgullo profesional de quien se considera un buen oficinista. A él jamás le hubiera salido una carta con tantos borrones como los que veía a su alrededor. Mientras venía hacia el parque, el inspirado rencor de la desgracia le había puesto repentinas luces en los ojos. Fue como una visión. Pitaban los coches, vociferaban los conductores, huían los pájaros, el viento empujaba plásticos y papeles, un transeúnte hablaba solo alternando voces de lisonja y enojo, un niño lloraba en una esquina con fervor de becerro, aullaba una ambulancia, orinaba un perro en una neumático, empujaba él el carrito con furia de energúmeno y todo a su alrredor parecía sacado de una estampa infernal. ¿Qué podía esperarse de la vida? ¿Cómo podía haber confiado en la providencia, insensato de mierda? Señoritos aficionados al bricolage, eso es lo que eran los dioses. Y el mundo, una chapuza de domingo.

LUIS LANDERO
(Giorgio de Chirico, "Los adioses del poeta", 1923, 64x49,5 cm -Colección Cambi Roma-)

lunes 3 de septiembre de 2007

El libro de los mil caracteres


Es preciso examinarse uno mismo tanto cuando las críticas acechan
como cuando la fortuna te arrastra a la cima


ZHOU XINGSI (S. VI)
("El descanso de las ocas", Bian Shou-min, Colección Nacional de los Museos de China)

sábado 1 de septiembre de 2007

El intermediario


Cuando al fin le confesé mis relaciones con la Otra, me insultó y amenazó con lanzar mis cosas por la ventana, pero luego, ya más calmada, quiso saber qué me atraía de ella, cuáles eran sus posiciones preferidas para hacer el amor, de qué hablábamos después. Cuando le confesé a la Otra que Ella ya sabía sobre la Nuestro, me insultó y amenazó con dejarme, pero luego, ya más calmada, quiso saber qué le atraía a ella de mí, qué posiciones la excitaban más, qué temas le interesaba discutir antes de dormirse.
Ahora viven juntas. Prometieron invitarme a visitarlas, pero aún no me llaman.

JUAN ARMANDO EPPLE
("Les deux amies"., Tamara de Lempicka, 1930, 73x38 cm)