jueves 25 de octubre de 2007

Cantar del Mío Cid


Con sus ojos muy grandemente llorando
tornaba la cabeza y estábalos mirando:
vio las puertas abiertas, los postigos sin candado,
las perchas vacías sin pieles y sin mantos
y sin halcones y sin azores mudados.
Suspiró mío Cid triste y apesadumbrado.
Habló mío Cid y dijo resignado:
«¡Loor a ti, señor Padre, que estás en lo alto!
Esto me han urdido mis enemigos malos».

Ya cabalgan aprisa, ya aflojan las riendas.
Al salir de Vivar, tuvieron la corneja diestra,
y entrando en Burgos, tuviéronla siniestra.
El Cid se encogió de hombros y meneó la cabeza:
«¡Albricias, Álvar Fáñez, que si ahora nos destierran
con muy gran honra tornaremos a Castiella!»

Mío Cid Ruy Díaz por Burgos entróve,
van en su compañía sesenta pendones;
salen a verlo mujeres y varones,
burgueses y burguesas a las ventanas se ponen,
llorando de los ojos, ¡tan grande era su dolor!
De las sus bocas todos decían una razón
«¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!»

ANÓNIMO
("El Cid", Vela Zanetti, 1977. 60 x 80 cm. Colección Caja Rural de Toledo.)

miércoles 24 de octubre de 2007

Soldados de Salamina


Los héroes sólo son héroes cuando se mueren o cuando los matan. Y los héroes de verdad nacen y mueren en la guerra. No hay héroes vivos, joven. Todos están muertos. Muertos, muertos.

JAVIER CERCAS
("Mutilado de Guerra", Rafael Canogar, 1970, 162 x 130 cm. Colección Elke Stelling. Madrid.)

miércoles 17 de octubre de 2007

Estrella distante


- ¿Qué es la patria para usted?

- Mi única patria son mis hijos. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que se puede hacer con la patria"...


ROBERTO BOLAÑO (22 de julio de 2003, la última entrevista publicada antes de su muerte)
("Raising the flag on Iwo Jima", Joe Rosenthal, 1945)

lunes 15 de octubre de 2007

The hollow men (Los hombres vanos)




I We are the hollow men
We are the stuffed men
Leaning together
Headpiece filled with straw. Alas!
Our dried voices, when
We whisper together
Are quiet and meaningless
As wind in dry grass

Or rats' feet over broken glass In our dry cellar
Shape without form, shade without colour,
Paralysed force,
gesture without motion;

Those who have crossed

With direct eyes,
to death's other Kingdom

Remember us -- if at all -- not as lost

Violent souls, but only
As the hollow men

The stuffed men.


T.S. ELIOT


LOS HOMBRES VANOS
I
Somos los hombres vanos
Somos los atestados
Que yacen juntos.
Cabezal henchido de paja. ¡Ay!
Nuestras voces secas, cuando
Susurramos juntos,
Son calladas y sin sentido
Como viento en yerba seca
O patas de rata sobre vidrio roto
En nuestro sótano seco.

Horma sin forma, sombra sin color,
Fuerza paralizada, ademán sin movimiento.

Los que han cruzado
Con ojos directos, al otro reino de la muerte
Nos recuerdan -si acaso- no como extraviadas
Almas violentas, sino sólo
Como los hombres vanos
Los atestados.

T.S. ELIOT

("La musa del silencio", Giorgio de Chirico, 1973, 92x73 cm)

viernes 12 de octubre de 2007

Antonio es rarísimo


Ayer fui a cenar a un restaurante caro, de esos en que los gerentes mejor vestidos que nosotros, más corteses, más educados, más eficaces, ya tienen el mechero encendido frente a nuestra boca cuando aún no hemos sacado el cigarro del bolsillo, y los clientes habituales, con mujeres cargadas de brillos varios en varios puntos del cuerpo, dedos, cuello, orejas, se mueven entre armarios de langostas inmóviles con una eficacia de meros en sus aguas profundas. Menús encuadernados, montones de platitos con cosas multicolores, blandas, duras, enigmáticas, supongo que comestibles, acabo dando por cierto que son comestibles porque las mujeres de los brillos las ponen en el pan (cinco calidades de pan)

(...)

qué hará esa gente cuándo no está cenando, y yo con morriña de mis modestos restaurantes con televisor casi pegado al techo, el dueño limpiando la barra con un paño que conoció mejores días, el tipo que vende el gordo de la lotería, en vigésimos, empinando su copa de cirrosis en la barra, con los ojos flotando en un vago alcohol sucio y yo con morriña del arcón frigorífico con revistas viejas encima y la negra de la cocina trajinando al fondo en medio de un atropello de aluminios.

Las mujeres con brillos se miran de mesa en mesa comparando relojes, los clientes habituales consideran el mundo como un desdén de medio párpado, y yo contento conmigo mismo porque escapé de esto con un golpe de riñones...


ANTÓNIO LOBO ANTUNES
("McSorley's Bar", John Sloan, 1912 , 66x81 cm - Instituto de Arte de Detroit-)

martes 9 de octubre de 2007

Kafka en la orilla


Tomo un libro tras otro, los abro: la mayoría conserva entre sus páginas el olor de épocas pretéritas. Un aroma muy especial a conocimientos profundos y a emociones desatadas que, entre cubierta y cubierta, llevan mucho tiempo sumidos en un apacible sueño. Aspiro el aroma, hojeo algunas páginas y devuelvo los libros a la estantería.
Finalmente elijo uno de los hermosos volúmenes de la versión de Burton de Las mil y una noches y me lo llevo a la sala de lectura. Es una obra que desaba leer dese hacía tiempo. En la sala recién abierta al público no hay nadie aparte de mí. Puedo disfrutar en exclusiva de la elegante estancia. Es como aparecía en la fotografía de la revista. De techo alto, muy amplia, confortable y cálida. A través de las ventanas, abiertas de par en par, penetra la brisa. Las blancas cortinas tiemblan en silencio. Y el viento, efectivamente , huele a mar. Nada que objetar sobre la comodidad de los sillones. En un rincón de la estancia hay un viejo piano de pared y yo me siento como si estuviese de visita en casa de unos buenos amigos...

HARUKI MURAKAMI
("Kuma", Kaoru Yamaguchi, 1950? - Kahitsukan, Museo arte contemporáneo de Kyoto-)

domingo 7 de octubre de 2007

El Golem


Ante mi ventana tenía lugar una batalla de copos. Las estrellas de nieve -diminutos soldados envueltos en abrigos blancos y gruesos- se perseguían como regimientos unos a otros, ante el cristal- siempre en la misma dirección, como huyendo todos juntos ante un enemigo especialmente malvado. Se hartaban entonces de huir y, por motivos misteriosos, parecían tener un ataque de ira y retrocedían rápidamente hasta que de nuevo les atacaban por arriba y por abajo nuevos ejércitos enemigos y transformaban todo en un remolino desesperado.

GUSTAV MEYRINK
("Praga desde la vía Kramar", Oskar Kokotska, 1934-35 5, 90 x 121 cm. Národnní Galerie. Praga. )

jueves 4 de octubre de 2007

Homeless



Al abrir los ojos, entre la maraña menguante del sueño vi lagartijas rondándome las piernas y nubes agoreras y reflejos cegadores y toda clase de aves extrañas. Sin demasiada inquietud, volví a dormirme. Nunca he tenido casa, y sé cómo es la vida cada vez que amanece.

ANDRÉS NEUMAN
("Homeless, Port Autority, New York", Dan Gheno, 60x50)

lunes 1 de octubre de 2007

El viejo y el mar



En la oscuridad el viejo podía sentir venir la mañana y, mientras remaba, oía el tembloroso rumor de los peces voladores que salían del agua y el siseo que sus rígidas alas hacían surcando el aire en la oscuridad. Sentía una gran atracción por los peces voladores, que eran sus principales amigos en el océano. Sentía compasión por las aves; especialmente por las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando, y casi nunca encontraban, y pensó: “Las aves llevan una vida más dura que nosotros, salvo las de rapiña y las grandes y fuertes. ¿Por qué habrán hecho pájaros tan delicados y tan finos como esas golondrinas de mar, cuando el océano es capaz de tanta crueldad? La mar es dulce y hermosa. Pero puede ser cruel, y se encoleriza muy súbitamente, y esos pájaros que vuelan picando y cazando, con sus tristes vocecillas, son demasiado delicados para la mar”.


Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.


ERNEST HEMINGWAY

("Pescadores", Jean-François Millet, -Quai D'Orsay París-)