domingo 25 de mayo de 2008

Inmortalidad

"LLevando un gato", Hu Yonkgai, 2001, 70 x 69 cm

Su historia,como la de todos nosotros, empezó mucho antes de nacer. Durante dinastías, nuestro pueblo proveyó a las familias reales de sus sirvientes de mayor confianza. Los llaman eunucos, aunque nosotros los llamamos Abuelos, por respeto reverencial. Ninguno de nosotros es descendiente directo de un Abuelo, pero corriente arriba por nuestros torrentes sanguíneos, encontramos tíos, hermanos y primos que entregaron su masculinidad para que nuestros nombres no se desvanecieran en la historia. Durante generaciones se escogía a niños de siete u ocho años para castrarlos -"purificarlos", como solía decierse- y enviarlos a palacio como aprendices, para que los instruyeran en las tareas domésticas al servicio del emperador y su familia. Cuando cumplían trece o catorce años empezaban a ganarse el sustento, monedas de plata que ahorraban y enviaban a casa, a sus padres. Las monedas se guardaban en un cofre junto con un saquito de seda en que se conservaba con hierbas la prueba de su masculinidad cercenada. Cuando los hermanos de los Abuelos alcanzaban la edad casadera, sus padres abrían el cofre y sacaban las monedas de plata. El dinero permitía a los hermanos casarse con sus mujeres, las mujeres daban a luz a sus hijos, los hijos crecían y daban continuidad al apellido de la familia, ya fuera engendrando más hijos o entrando en palacio como chicos purificados. Cuando, con el paso de los años, las tambaleantes rodillas de los Abuelos ya no les permitían seguir sirveindo a sus amos imperiales, podían abandonar el palacio y sus sobrinos los acogían. No tenían que preocuparse de nada, se sentaban todo el día al sol, acariciando a los gatos que se habían traído de placio, gordos y lentos igual que ellos, y contemplando cómo los perros perseguían a las perras por los callejones.

YIYUN LI