La noche del oráculo
Empecé dando pequeños paseos, nada más que una o dos manzanas y luego vuelta a casa. Sólo tenía treinta y cuatro años, pero a todos los efectos la enfermedad me había convertido en un anciano: uno de esos viejales temblorosos que van arrastrando los pies y no pueden poner uno delante del otro sin mirar cuál es cuál. Incluso a la lentitud con la que me movía entonces, andar me producía una extraña y volátil sensación de ligereza, un barullo de señales confusa y fallidas conexiones mentales. El mundo empezaba a girar y dar tumbos ante mis ojos, desplazándose como una imagen en un espejo ondulado...
PAUL AUSTER
PAUL AUSTER
